Trump choca con su ‘drill, baby, drill’: la paradoja de EE UU se ahoga por la escasez de petróleo, pese a ser el primer productor mundial

“¿Quieres que el precio del petróleo se mantenga por encima de los 60 dólares? En realidad quieres que se mantenga por encima de los 60, pero por debajo de los 90 dólares», dice Tommy Norris, el personaje interpretado por Billy Bob Thornton en la popular serie de televisión Landman, una de las producciones más exitosas de Paramount, basada en las peripecias de los trabajadores del sector petrolero de Texas. “No me malinterpretes: a 90 seguimos ganando dinero a espuertas, pero la gasolina se dispara por encima de los 3,50 dólares por galón. Y eso empieza a apretar el bolsillo”, prosigue Bob Thornton, en una de las escenas de la serie más viralizadas en redes sociales durante las últimas semanas. “Si llega a los 100 dólares, cada producto en Estados Unidos tiene que reajustar su precio. 78 dólares el barril. Eso es casi perfecto. Sí, genera suficientes ganancias como para seguir explorando. Pero no duele tanto al repostar”. El diálogo, escrito por uno de los mejores guionistas de Hollywood, Taylor Sheridan, refleja a la perfección la situación actual de la industria petrolera estadounidense.

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 La industria petrolera estadounidense tiene limitaciones para compensar la pérdida de barriles de crudo por la guerra en Irán, mientras crece la inflación y el precio de la gasolina alimenta el descontento social  

“¿Quieres que el precio del petróleo se mantenga por encima de los 60 dólares? En realidad quieres que se mantenga por encima de los 60, pero por debajo de los 90 dólares», dice Tommy Norris, el personaje interpretado por Billy Bob Thornton en la popular serie de televisión Landman, una de las producciones más exitosas de Paramount, basada en las peripecias de los trabajadores del sector petrolero de Texas. “No me malinterpretes: a 90 seguimos ganando dinero a espuertas, pero la gasolina se dispara por encima de los 3,50 dólares por galón. Y eso empieza a apretar el bolsillo”, prosigue Bob Thornton, en una de las escenas de la serie más viralizadas en redes sociales durante las últimas semanas. “Si llega a los 100 dólares, cada producto en Estados Unidos tiene que reajustar su precio. 78 dólares el barril. Eso es casi perfecto. Sí, genera suficientes ganancias como para seguir explorando. Pero no duele tanto al repostar”. El diálogo, escrito por uno de los mejores guionistas de Hollywood, Taylor Sheridan, refleja a la perfección la situación actual de la industria petrolera estadounidense.

La confusión sobre el estado del estrecho de Ormuz, un paso estratégico, que ha estado bloqueado durante seis semanas, contribuye a añadir tensión sobre el mercado energético. Este sábado las autoridades iraníes han vuelto a cerrar la vía fluvial después de que el viernes accedieran a reabrir el paso tras el acuerdo del alto el fuego entre Israel y Líbano. Pero la situación se revirtió tras la postura estadounidense de mantener bloqueados los puertos iraníes hasta que se cierre un acuerdo definitivo.

La guerra de Trump en Irán ha provocado una incipiente crisis energética, con luna interrupción del suministro mundial de crudo sin precedentes. Más de 11.000 kilómetros separan Washington del estrecho de Ormuz pero los precios que el mercado financiero marca para el petróleo a nivel global también rigen en Estados Unidos, para bien y para mal. Mientras su industria petrolera se enriquece, se ha disparado la factura energética de los estadounidenses y del resto del mundo. La inflación de EE UU en marzo ya ha subido al 3,3%, el mayor salto mensual en cuatro años, y la gasolina se paga al precio más alto desde agosto de 2022, poco después de la invasión rusa de Ucrania. El galón de gasolina (unos 3,78 litros) cuesta más de cuatro dólares, cerca de un 35% más que antes de los bombardeos en el golfo Pérsico. El diésel acaricia el récord histórico de hace cuatro años y cotiza por encima de los 5,5 dólares el galón. La escasez de petróleo por la guerra en Oriente Próximo ha provocado una escalada de los precios de los combustibles. ¿Podría entonces Estados Unidos, el mayor productor de petróleo del mundo, elevar su producción para intentar compensar la pérdida de suministro de Ormuz? ¿Puede hacer algo el mayor productor de crudo del mundo para abaratar los precios?

A finales de marzo, el presidente estadounidense presumió ante el mundo del poderío de EE UU en la producción de petróleo. “Primero, compren a Estados Unidos, tenemos de sobra. Y segundo, ármense de valor, vayan al Estrecho y ¡TÓMENLO! Tendrán que aprender a defenderse», alardeaba Trump en su red social.

Estados Unidos es el mayor productor de crudo del mundo: su producción alcanzó en 2025 el récord de 5.000 millones de barriles al año, más de 13 millones al día, gracias al desarrollo durante la última década de la industria del fracking o fractura hídrica, la técnica de extracción que consiste en inyectar una mezcla de agua, arena y productos químicos sobre formaciones rocosas para extraer esquisto, rico en petróleo y gas natural. Esta técnica ha permitido a EE UU dar un gran salto de producción en las dos últimas décadas. Si se suman otros componentes como el etanol o gases licuados del petróleo, la producción de la industria estadounidense sube a 21,2 millones de barriles diarios, según los datos de la Agencia Internacional de la Energía, el doble que Rusia o Arabia Saudí.

Pero, en contra de lo pregonado por Trump con su conocido eslogan de drill, baby, drill, (perfora, nena, perfora), con el que prometió a los estadounidenses un petróleo barato, la capacidad de EE UU de aumentar la producción es limitada. Irán anunció este sábado un nuevo cierre del estrecho de Ormuz, pero incluso cuando se reabra la normalización del mercado energético tardará meses en llegar. Como explicó esta semana la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva: “Un buque cisterna es un barco de movimiento lento. Tardará 40 días en llegar hasta Fiyi. Por lo tanto, debemos estar preparados para que el impacto de estas interrupciones en el suministro se agrave en las próximas semanas”. Las consecuencias del conflicto se prolongarán durante meses, incluso a pesar de que la guerra termine en los próximos días.

“Todas las crisis energéticas anteriores implicaron interrupciones parciales”, recueda Modell, que dirige una de las compañías de inteligencia económica más importante del sector energético. “El embargo árabe de 1973 eliminó aproximadamente entre cuatro y cinco millones de barriles diarios. La Revolución Iraní de 1979 suprimió entre cuatro y seis millones de barriles. La Guerra del Golfo de 1990 eliminó unos cuatro millones. La crisis actual ha eliminado alrededor de 13 millones de barriles diarios. No existe precedente histórico de un choque de oferta de esta magnitud”, advierte.

“Estados Unidos produce mucho petróleo ahora mismo, pero de un tipo muy específico, un crudo muy liviano. Y la mayor parte de las refinerías del país son para crudo más pesado, que necesita importar de países como Venezuela. A la pregunta de si EE UU puede aumentar su producción rápidamente con precios ahora tan elevados, la respuesta es que no”, explica Jorge León, vicepresidente y jefe de análisis geopolítico de la consultora Rystad Energy. Al menos no en la magnitud necesaria para compensar la pérdida de suministro que ha supuesto hasta el momento el bloqueo del estrecho de Ormuz, estimada en unos 10 millones de barriles diarios, sin contar con sus productos derivados.

“Estados Unidos es el mayor productor de petróleo del mundo, pero no puede perforar más para salir de esta crisis”, explica Scott Modell, consejero delegado de Rapidan Energy, una de las grandes consultoras energéticas. “Los yacimientos de esquisto ya funcionan cerca de su capacidad máxima, y el crudo que sale de la cuenca del Pérmico tiene una calidad insuficiente para muchas refinerías estadounidenses”, apunta.

La Agencia Internacional de la Energía calcula que EE UU podría elevar de forma adicional su suministro de crudo en unos 250.000 barriles diarios para final de año, pero siempre y cuando la industria petrolera del fracking estuviera por la labor de intensificar su actividad. Los expertos calculan que la fracturación hidráulica solo es rentable con los precios por encima de entre 62 y 70 dólares, según la Reserva Federal de Dallas. “Hace unos años, el fracking era muy sensible al precio del petróleo: cuando el precio subía, la producción aumentaba mucho. Pero una vez que los pozos han madurado, y ya llevamos 15 años de producción de fracking, es mucho más inelástica“, añade León. Las petroleras estadounidenses se frotan las manos pero, como los protagonistas de Landman, no quieren tampoco un petróleo a más de 100 dólares que pueda destruir la demanda, acabar con la inversión y aumentar la incertidumbre, “realidades que ninguna compañía energética desea”, explica Modell.

Abrir nuevos pozos de fracking no es fácil. Hace 15 años, cuando comenzó la fiebre de esta técnica, decenas de pequeñas empresas estadounidenses se lanzaron al negocio, pero en los años siguientes los precios cayeron y provocaron la desaparición de muchas de ellas; otras fueron absorbidas por los gigantes petroleros como Exxon o Chevron. Los ejecutivos del sector recurren a aquella época para pedir prudencia antes de lanzarse a abrir nuevos pozos. De momento, no tienen prisa por aumentar la producción de un petróleo que les deja menos margen. Sin garantías de precios altos no acelerarán nuevas inversiones, pues tardarán casi un año en estar a pleno rendimiento.

Según la consultora energética Baker Hughes, Estados Unidos tiene 545 plataformas de perforación de gas y petróleo activas, casi un 7% menos que el año pasado. La mayor parte están en la Cuenca Pérmica, una gran zona rica en recursos petrolíferos, que se extiende entre Texas y Nuevo México. “En el ciclo anterior, el esquisto proporcionó una rápida respuesta de la oferta cuando subieron los precios, pero esa flexibilidad es ahora más limitada”, afirma Mark Lacey, responsable de renta variable temática de Schroders.

Para la AIE, “más allá de la infraestructura, las limitaciones operativas y organizativas también lastran la actividad“. La agencia pone además el dedo en la llaga al afirmar que ”Estados Unidos es el país de las economías desarrolladas donde los precios de mercado se trasladan de forma más directa y completa a los precios al por menor“. Los precios de la gasolina y el diésel han subido un 40% y un 52%, respectivamente en los últimos dos meses y medio, desde mediados de febrero, justo antes del inicio de las hostilidades, hasta este viernes, según datos de la American Automobile Association (AAA). Toda una paradoja para el mayor productor de petróleo del mundo.

No hace ni dos meses que Donald Trump presumió de haber bajado el precio de la gasolina a mínimos históricos durante su intervención en el discurso de la Unión. Ahora se ha convertido en un dolor de muelas para él. La subida del precio de los combustibles es un asunto delicado en Estados Unidos. Su cotización es inversamente proporcional a la valoración del presidente en las encuestas. Es un galvanizador de descontento social en un país muy extenso y con muchos desplazamientos. Trump está preocupado. A menos de seis meses para las elecciones de mitad de mandato, donde se juega buena parte de su poder político para el resto de la legislatura, su valoración en las encuestas ha caído a su mínimo histórico. En ese escenario complicado, ha lanzado mensajes contradictorios sobre el precio de los combustibles. Por un lado, ha dicho que los estadounidenses tendrían que soportar el alto coste de conseguir la paz en Irán, y por otro ha señalado que la gasolina bajará rápido en cuanto termine la guerra.

El drill, baby, drill que pregonó Trump en la campaña electoral que le llevó a la reelección en 2024 no está siendo tal, como tampoco la plena autonomía petrolífera del país. EE UU necesita importar el crudo pesado de países como México, Canadá y Venezuela para abastecer a sus refinerías, previas a la tecnología del fracking. Alrededor del 40% de la capacidad de refino de Estados Unidos procede de esas importaciones, de las que más de la mitad son crudo canadiense. En este contexto, es importante el petróleo pesado que está importando desde Venezuela.

EE UU produjo en 2025 más de 13 millones de barriles de crudo diarios pero importó otros 6,2 millones, según datos de la EIA (Administración de Información Energética de EE. UU). Líder en producción propia de crudo, aunque insuficiente para el autoabastecimiento, la dependencia de EE UU del crudo de los países del Golfo es muy leve. A favor de la economía estadounidense juega además su fortaleza y un consumo de petróleo mucho menos intensivo que en el pasado.

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